Nuestra firma es nuestro sello personal.
Es nuestra insignia de identidad.
Nuestra forma de decir “aquí estoy yo”, dentro del contexto social en el que estamos inmersos.
Según el maestro Max Pulver, máximo representante de la Grafología simbólica,
“nuestra firma es una biografía abreviada”
Sí, lo es, pero nunca debe interpretarse de forma aislada o fuera del contexto gráfico. Son varios y variados los motivos que voy a tratar de exponer aquí:
Firma y texto se competan mutuamente y se deben analizar siempre juntos
La firma, gestual y simbólicamente, suele ser más espontánea, natural y sincera que el texto de la carta.
En la firma, la personalidad se airea y se expone más, sin postureo ni fingimiento.
Además, se suele situar al final, en la parte más inconsciente del espacio gráfico.
Es por ello que, normalmente, se suele sobrevalorar su interpretación, dando más relevancia a su significado grafológico que al del texto.
Pero esto no se debe hacer. Hay que sopesar el valor interpretativo de ambos elementos, ya que, en su equilibro, está la esencia de la personalidad global.
Interpretar la firma de forma aislada supone dar por hecho que su simbología y gestualidad van a ser las mismas que las del texto, cuando lo habitual es que no lo sea.
Lo normal es que la firma tenga elementos diferentes al texto, lo que también implica que la persona no se muestra igual en todos los ámbitos en los que se desenvuelve, sino que, en algunos, está forzada y condicionada por los contextos.
Un supuesto muy común es que la firma sea de mayor tamaño que el texto, indicador de esa autoestima alta del fuero interno, que no tiene por qué ser negativa, sino parte del tan necesario amor propio.
Otro caso común es la firma ilegible acompañando a un texto perfectamente legible.
Esto es signo de reserva de la propia intimidad, de ese misterio de la parcela privada y familiar que deseamos preservar y proteger frente a las injerencias externas.
La firma es una pieza muy pequeña de texto
Para poder trabajar y determinar rasgos de personalidad de forma válida y fiable, el grafólogo necesita analizar suficientes grafías.
Por eso, siempre solicitamos al cliente que nos escriba un texto de al menos veinte líneas y firmado al pie.
Sin suficiente muestra de escritura, no podemos trabajar. Nos faltarían elementos de valoración.
Y, sí, hay firmas que tienen grafías en el nombre y el apellido, pero hay otras que consisten en un simple garabato en donde, realmente, no podemos interpretar absolutamente nada.
La firma puede estar condicionada por elementos conscientes, ajenos por completo a la interpretación grafológica
Hay personas que incluyen en sus firmas elementos con cierto valor consciente.
Por ejemplo, algunas personas incluyen, en sus firmas o rúbricas, signos heredados de sus padres o de alguna persona a la que admiran.
Incorporan estos gestos a su “marca personal” como una especie de homenaje, completamente pensado y consciente.
En otros casos, hay personas que eligen cierta estructura para su firma basada en una intencionalidad artística, también, como en el caso anterior, plenamente consciente.
Hay casos también en los que, por pertenecer a determinada profesión, la persona necesita diseñar una firma consciente y muy elaborada.
Este es el caso, por ejemplo, de los notarios.
A lo largo de la historia y también en la actualidad, las firmas de los notarios se han caracterizado por ser extremadamente rebuscadas y complejas.
El resultado no es una firma consciente como marca de identidad, sino un sello complicado intencionadamente para evitar que sea falsificado.
Un caso curioso es la firma de las personas pertenecientes a la logia masónica.
Los masones suelen añadir tres puntos, en forma lineal o triangular, al final o al pie de su firma.
Esto es una señal consciente de pertenencia a la logia, y no puede interpretarse grafológicamente como parte de la personalidad.
La firma cambia cuando nosotros cambiamos
Ni la firma ni la rúbrica son entidades estáticas.
Son gestos cambiantes, dinámicos, que van evolucionando a medida que madura nuestra personalidad.
De hecho, un signo característico y singular de madurez en la firma es la simplificación de la misma.
A medida que maduramos, en edad y en experiencia vital, lo natural es que nos despojemos de toda o de gran parte de esa rúbrica protectora y envolvente.
Nuestra firma, al igual que nuestra escritura, evoluciona, crece y nos acompaña a lo largo de todas las vicisitudes de nuestra vida.
Hay firmas que necesitan ajustarse a un contexto
El contexto gráfico es tan importante que hasta, a veces, puede llegar a condicionar la firma.
El gesto natural, espontáneo y con esencia inconsciente de la firma, se va a modificar para ajustarse a los obstáculos que imponen las necesidades formales o coyunturales del documento.
Por eso es esencial que contemplemos el contexto formal, espacial y coyuntural de la hoja, a la hora de analizar un manuscrito, y que apliquemos un poquito de sentido común.
Por ejemplo, hay documentos en los que la posición de la firma está sujeta a unas normas formales.
En estos documentos, se nos obliga a firmar a un extremo o a otro de la hoja y el dictado del inconsciente va a quedar condicionado.
La firma puede también hacerse más pequeña, si ya nos queda poquito espacio para firmar al final de la hoja.
Ahí, constreñimos la firma para hacer la letra más pequeña o la rúbrica más baja o achatada.
A veces, incluso, se nos obliga a firmar dentro de una pequeña cuadrícula, con lo que la firma ha de ajustarse a los límites impuestos.
Podemos tener distintas firmas sin que nuestra personalidad se desdoble
Hay personas que tienen distintos tipos de firmas y eso no quiere decir que tengan una personalidad múltiple o que sean unos raros.
Es algo natural.
La firma es un gesto adaptativo.
Nos adaptamos al contexto, a las circunstancias, y esto no siempre ocurre de forma consciente, como en los casos que he comentado antes.
Por ejemplo, las personas que necesitan firmar muchos documentos en su día a día, tienden a adoptar, de forma inconsciente, un visé o firma simplificada.
Este visé puede presentar ciertas semejanzas con su firma oficial, pero a veces no sucede así.
Dependiendo del contexto, podemos firmar de diferentes formas.
No firmamos igual un documento oficial que una carta a un amigo o a un familiar.
Las firmas familiares suelen ser más legibles, más sencillas y, normalmente carentes de rúbrica.
Otro caso de adaptación a una firma diferente es cuando ya no nos gusta nuestra firma “oficial”, pero, por motivos burocráticos, no podemos cambiarla.
Para cambiar la firma oficial, que ya está registrada en un montón de sitios, hay que hacer un papeleo ingente y volver a registrar una nueva.
Así que, para evitar esto, muchas personas siguen firmando oficialmente con su insignia habitual, pero adoptan la nueva firma en otros contextos.
La firma, por sí sola, no es nada ni nadie.
Una firma aislada en una hoja en blanco no nos dice nada sobre la personalidad.
Interpretarla grafológicamente sería como juzgar a una persona solamente por el color de su pelo.
En cambio, si se acompaña de un texto completo y extenso, ya la tenemos contextualizada.
De este modo, podemos compaginar el análisis texto firma al estudiar los múltiples aspectos de la personalidad.
Y además podemos interpretar la íntima relación firma-texto como la conexión existente entre la personalidad íntima y social.
Ambas dimensiones conforman a la persona en toda su coyuntura, su dinámica y su integridad.
Por otra parte, hay que aplicar, como he dicho antes, el sentido común a la hora de interpretar grafológicamente tanto firma como texto.
Y preguntarnos
¿Qué obstáculos hay en el documento que pueden estar condicionando la forma, el tamaño u otros elementos de la firma?,
¿Qué elementos me hacen comprobar que esta firma ha cambiado o es diferente a otras del mismo autor?,
¿Qué signos me hacen sospechar que pueda ser una firma ajustada a un determinado contexto personal o profesional?
Si encontramos alguno, no tendremos más remedio que ajustar nuestra interpretación al contexto limitante, tenerlo en cuenta como parte de la idiosincrasia de lo que somos:
Nuestra firma, como representación de nosotros mismos, ajustándose a las circunstancias e imposiciones de nuestro mundo circundante.
Esto es necesariamente así porque ni estamos solos en el mundo, ni somos seres inertes, ni somos tan libres como, a veces, pretendemos creer.
Una firma, por sí sola, no es nada ni nadie.
Y, por lo tanto, no se puede interpretar grafológicamente de forma aislada.
Sandra Cerro – Grafóloga y perito calígrafo
Sandracerro.com
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