Tengo ante mí una de las cartas que la reina Victoria Eugenia de Battenberg dirigió a su esposo, el rey Alfonso XIII.
La observo de cerca, con curiosidad.
Ena fue una reina de España discreta que ha pasado por la Historia casi de puntillas, en silencio y a la sombra de la figura endeble de su esposo.
El ondear armonioso y magnético de sus letras, en esta carta que observo y admiro, me está llamando a ir más allá.
Me gustaría profundizar en su alma. Saber qué quiere contarme sobre ella misma.
Sobre la mujer que se esconde detrás de la reina.
Y la grafología siempre está ahí, al quite, para ayudarme a cruzar al otro lado del espejo, tras esos trazos de tinta.
Ena en pinceladas biográficas

Victoria Eugenia de Battenberg fue reina consorte de España, tras su matrimonio con el rey Alfonso XIII.
Nació en el castillo de Balmoral, en 1887.
Era la nieta número treinta y dos de la reina Victoria del Reino Unido.
Su trágica vida conyugal y familiar puso a prueba el estoicismo y el rigor asumidos de su estricta educación inglesa.
Un terrible atentado anarquista perpetrado contra los reyes, el mismo día de su boda, marcó el paso a otros dramáticos acontecimientos de su vida.
La hemofilia de parte de su descendencia, un hijo nacido muerto y las infidelidades de su esposo marcaron la vida de la mujer sensible que se ocultaba detrás de su imagen institucional.
En la corte española, tuvo un papel discreto principalmente volcado en las obras de beneficencia y en la modernización de la enfermería.
Tras la proclamación de la Segunda República, en 1931, vivió exiliada primero en Francia y, después, en Suiza.
Hasta su muerte, en 1969, mantuvo siempre estrechos lazos con España, el país que la convirtió en reina, y que dejó impresa su huella entre muy discretas páginas de su Historia.
En estos días, una gran exposición, en la Galería de las Colecciones Reales, en Madrid, ha recatado más de 300 piezas pertenecientes a los enseres personales, vestuario, documentos y demás objetos propiedad de la reina, y otros dedicados a ella.
Entre estas piezas, se encuentran cartas y tarjetas postales que, como no podía ser menos, se han convertido en carne de grafóloga apasionada y curiosa.
Y aquí estoy. Ante una de esas cartas, dejándome impregnar por lo que de esa mujer silenciosa y discreta me cuentan sus letras.

La reina temerosa
La primera impresión de la escritura, esa que siempre nos entra por los ojos a los grafólogos, al contemplar un manuscrito por primera vez, es positiva, aunque con algunos matices.
Observo el predominio de curvas, con esa cadencia tan constante y armoniosa que, ya de entrada, me habla de un temperamento afable, dulce, imbuido de serenidad.
Pero ese conjunto curvo se combina, también, con una ligera, pero llamativa, presencia ángulos.
Esto desvela una personalidad que sabe muy bien cuál es su lugar, que goza de autodeterminación y criterio propio, y que cuenta con habilidad para marcar sus propios límites.
Algo que me sorprende es el eje de inclinación de las letras hacia la izquierda.
Es un gesto poco frecuente en la caligrafía de esa época, en la que el empuje de la pluma o el plumín invitaban más al movimiento hacia una inclinación dextrógira.
Resulta interesante entender que nuestra escritura tiene mucho de gestual.
Avanza hacia la derecha cuando es extrovertida, impetuosa y valiente.
Retrocede hacia la izquierda cuando es insegura, introvertida o tiene miedo.
Y esto último es lo que le sucede a la escritura de Ena.
Se percibe en ella una paradójica y constante lucha entre fuerzas temperamentales y emocionales opuestas.
Por una parte, la intención avanzada de algunos rasgos gráficos (como las barras de las “tes”, los gestos progresivos o la armoniosa continuidad de sus ligaduras) que hablan de proyección, curiosidad y entrega.
Y, por otro lado, el retroceso inhibido, en el eje de inclinación, que insinúa inseguridades, desconfianza, excesivo autocontrol y exacerbada contención emocional.
¿Temores? Quizás también.
El resultado de esta gestualidad gráfica que se echa atrás, exhibe trazas de una mujer que se muestra serena, afable, entregada, pero que tiene miedo de sentirse atacada y se pertrecha con actitudes temerosas y a la defensiva.
Una mujer empática y compasiva
El tamaño medio de su escritura y las formas sencillas, entre otros signos gráficos, revelan un talante humilde, realista y práctico, que huye de la ostentación.
Ena era una persona que sabía cuál era su lugar, la posición privilegiada que ocupaba, pero no alardeaba de ello.
Esto se confirma en su escritura con la presencia de gestos que denotan carisma y superioridad (mayúsculas y barras de las “tes” sobreelevadas), compensados con otros que revelan sencillez, e incluso cierto conformismo con la realidad vivida.
La tendencia abierta de las palabras, las ligaduras interletras y las palabras extendidas, entre otros signos, evidencian apertura, comunicación serena, generosidad y entrega afectiva.
Su conjunto gráfico denota empatía, capacidad de comprensión, escucha y tolerancia, así como tendencia a huir del conflicto y mostrar actitudes conciliadoras.
Ena parecía abrazar a su entorno con templanza, adaptándose a las circunstancias y haciéndose dueña de todo lo que le viniera dado, en cada momento.
Una letra “V” que protege y que cuida
La cohesión constante, armoniosa y fluida de sus letras, dentro de la palabra, unido a la escritura abierta, revelan una inteligencia interpersonal adaptativa.
Contaba con excelentes habilidades para entablar relaciones personales, pero la suya era una sociabilidad selectiva.
Tenía un exquisito tacto y una forma cordial de relacionarse con los demás, pero guardando las distancias con educación y diplomacia.
La letra “V” de “Victoria” refleja uno de esos signos amables que nos gustan a los grafólogos: el que llamamos “ala de gallina”.

Este gesto-tipo, unido a otros rasgos gráficos que también aparecen en la escritura de la reina, representa el carácter protector.
Esa “V” con el final avanzado, que protege a las letras contiguas por arriba, se equipara a la actitud maternal de la gallina cuando acoge bajo su ala a los polluelos.
De ahí su nombre grafológico.
Es un signo gráfico muy revelador de la tendencia a cuidar, a proteger, a sustentar con cariño al entorno.
Compromiso regio y sentido del deber
Desde el área cognitiva, se aprecia una notable inteligencia lingüística, un pensamiento ágil, con predominio de la lógica y dotado de cierta creatividad.
Su forma de tomar decisiones y proceder es cauta y controlada, muy medida.
Era una mujer que sabía bien cuándo hablar y cuándo callar; cuándo actuar y cuándo permanecer a la deriva de las circunstancias.
Su mentalidad ágil, pero moderada, sabía procesar la información con delicadeza y esmero, seleccionando las ideas relevantes y evitando los excesos o banalidades.
La fluidez armoniosa y continua de esta escritura me habla también de constancia, de compromiso y perseverancia, de capacidad para llevar hasta último término toda idea que rondara su cabeza.
Se aprecia, en su conjunto escrito, una voluntad autodeterminada, constante y disciplinada, más orientada al sentido de la responsabilidad y del deber que a impulsos de vehemente iniciativa.
Una mujer sensible, una reina estoica
En la escritura de Ena, se observan signos gráficos que denotan capacidad de adaptación a la realidad y una extraordinaria resiliencia frente a los cambios.
No se trata esta de una adaptación sumisa o mera aceptación resignada, sino de una pragmática capacidad para asumir los designios con sensatez, sin permitir desbocarse a las emociones o sentimientos.
Se trata de saber estar y aceptar, pero, al mismo tiempo, sin rendirse y sin perder la propia integridad.
Las letras de Ena nos devuelven la imagen, como en un espejo, de una mujer con una fuerte carga emotiva, pero que la siente y vive desde una actitud estoica.
La Condesa de Romanones lo confirmaba con estas palabras sobre la reina, tras el atentado que sufrió el día de su boda:
“No lloró, no habló.
Sólo preguntó si había heridos.
Parecía un mármol que respira.”
También la historiadora María José Rubio, en su obra Reinas de España, relata el episodio vivido por Ena, al presenciar, por primera vez, una corrida de toros.
A duras penas, podía ocultar las expresiones de terror y de asco que acudían a su rostro, presionada por las palabras insidiosas de su esposo:
“¡Por Dios, no demuestres nada en tu cara porque todos los ojos están fijos sobre ti! ¡Que vean que te portas como una buena reina española!”
Tras el espejo de la escritura
Ena, en sus palabras onduladas, pintadas con tinta parda, nos deja ver entrelíneas a una mujer sensible, compasiva y profundamente resiliente.
Su carga emotiva, subyacente bajo la superficie, está regulada y autocontrolada desde un estoicismo prudente y elegante, propio de quien ha aprendido a vivir el dolor en silencio, con templanza y dignidad.
Podría decirse que tenía más fuerza y poder personal que el que exteriormente mostraba.
Quizás esa excesiva contención, el hecho de esconderse tras una imagen marmórea, pasó factura a su popularidad.
Así lo confesaba ella misma al político Pedro Sainz Rodríguez, en 1931 (Rubio, 2009):
“Tengo la sensación de que nunca he sido verdaderamente querida, de no haber llegado a ser popular.
¿Qué han de hacer los reyes de España para que el pueblo los ame?”.
Esta reina cohibida y silente, en apariencia mermada, ocultaba a una mujer valiente y luchadora que escondía sus garras por imperativo de su condición.
Esta imagen reflejada que se deja entrever, algo velada, a través del espejo de su escritura, es la de una reina discreta, generosa y estoica, que supo conjugar ternura y fortaleza para sostenerse a sí misma y a los suyos, en medio de la vida colmada de adversidades que le tocó en suerte vivir.
Sandra Cerro – Grafóloga y perito calígrafo
Sandracerro.com
Fotos: Sandra Cerro. Exposición “Victoria Eugenia”, en la Galería de las Colecciones Reales (Madrid, 2025).
Referencias bibliográficas:
Eyre, P. (2024). Ena. La esfera de los libros.
King, G. y Wilson, J. (2004). Letters of Queen Victoria’s family. Weidenfeld y Nicolson.
Rubio, M.J.(2009). Reinas de España. Las Austrias y las Borbones. La esfera de los libros.
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