De los cuadernos a las pantallas, a la luz del Informe PISA 2025
Érase una vez, unas aulas que estaban llenas de cuadernos abiertos, de lápices recién afilados y de alumnos que copiaban, muy atentos, las explicaciones de la pizarra.
En esos tiempos, los niños hacían dictados en clase y se llevaban, como deberes, escribir una narración o descripción en casa.
Resolvían ejercicios de matemáticas a mano y preparaban los trabajos escolares escritos con su propia letra, y con fotos recortadas y pegadas a mano.
Aún puedo recordar el olor del pegamento, las manos pringadas y todo el suelo de mi habitación repleto de recortes y flecos de papel.
Para buscar información no bastaba con introducir unas palabras en un buscador automático.
Había que acudir a la biblioteca, consultar enciclopedias, revisar varios libros, seleccionar los datos importantes y tomar notas.
Investigar, por aquel entonces, requería tiempo, paciencia y mucho, muchísimo esfuerzo.
Cuadernos que conviven con ordenadores y teléfonos móviles
Hoy, la escena es muy diferente.
Los cuadernos conviven y, en algunos casos, incluso compiten con ordenadores, tabletas y teléfonos móviles.
Buena parte de la información se encuentra a un solo clic.
Los estudiantes pueden acceder en segundos a miles de páginas, vídeos, resúmenes y explicaciones.
E incluso pueden pedir a la inteligencia artificial que redacte un texto, resuelva un ejercicio o haga un resumen de un tema completo.
Nunca habíamos tenido tanta información al alcance de la mano. Pero, sin embargo, los últimos resultados del informe PISA plantean una paradoja inquietante:
Disponemos de mucha información que es fácilmente alcanzable, pero ¿cómo la estamos procesando?
¿Están los niños de hoy haciendo un uso adecuado de sus procesos cognitivos superiores, como son la memoria, la atención, la asociación lógica de ideas y la elaboración de contenidos aprendidos?
¿Qué papel juega la escritura manuscrita en este escenario educativo?
Y, lo más significativo, una pregunta: ¿Qué pasará si dejamos de escribir a mano?
El informe PISA: más tecnología, pero peores resultados
En la edición más reciente del Informe PISA (PISA 2025, publicado el 8 de septiembre de 2026), participaron más de 760.000 estudiantes de 15 años, representativos de alrededor de 33 millones de jóvenes de 91 países y economías.
La evaluación analizó sus competencias en ciencias, matemáticas, lectura y aprendizaje en entornos digitales.
Los resultados de este Informe PISA vuelven a encender las alarmas.
Entre 2015 y 2025, las puntuaciones medias de los países de la OCDE descendieron:
- 28 puntos en comprensión lectora, lo que equivaldría aproximadamente a un año y medio de aprendizaje.
- 22 puntos en matemáticas, algo más de un curso escolar.
- 7 puntos en ciencias.
La caída más profunda se ha producido en comprensión lectora, una capacidad esencial para interpretar información, relacionar ideas, distinguir hechos de opiniones y desarrollar un pensamiento crítico.
Además, el 20 % de los estudiantes de 15 años de los países de la OCDE presenta un bajo rendimiento simultáneo en lectura, matemáticas y ciencias, frente al 16 % registrado en 2022.
Nos encontramos, por tanto, ante una generación que tiene más tecnología, más recursos y un acceso a la información mucho más rápido que cualquier generación anterior, pero que encuentra cada vez más dificultades para leer en profundidad, mantener la atención y aplicar lo aprendido.
Esto se traduce en una pérdida significativa de capacidades intelectuales que, aunque las traemos de serie, nos estamos dedicando a desperdiciarlas, en lugar de a potenciarlas.
Antes había que buscar la información; ahora la información nos encuentra
Recuerdo que, en el colegio, nos mandaron hacer un trabajo sobre Goya.
En los tiempos de la EGB, para hacer esos trabajos, te sumergías en la enciclopedia familiar durante horas, ibas a la biblioteca, consultabas decenas de libros, recopilabas toda la información disponible y, después, resumías y destacabas las ideas principales.
Además de eso, había que buscar fotos, en revistas, fotocopiando libros o comprando unos pequeños sobres con imágenes temáticas que vendían en la papelería.
El proceso era lento.
Pero, precisamente por ser lento, exigía poner en marcha numerosas capacidades:
- Formular una pregunta.
- Elegir tu propio estilo de redacción y edición.
- Buscar fuentes adecuadas.
- Leer textos completos y seleccionar la información.
- Diferenciar lo importante de lo accesorio.
- Organizar las ideas, sintetizar, resumir.
- Redactar y editar a mano el texto manuscrito con las imágenes pegadas de forma manual.
Hoy, aquellas enciclopedias ilustradas ya han desaparecido.
Un estudiante puede conseguir una respuesta en apenas unos segundos, gracias a la IA y a las bibliotecas digitales.
Casi sin pensar, sin razonar, sin asociar, sin discernir.
Simplemente, confiando en que la IA que todo lo sabe me va a resolver el trabajo, realizado un esfuerzo ínfimo.
Esta facilidad representa un avance indiscutible:
Democratiza el conocimiento y permite acceder a recursos que antes estaban fuera del alcance de muchas familias, ya sea por distancia o por poder adquisitivo.
El problema surge cuando encontrar la respuesta sustituye al proceso de construirla.
Y es en ese proceso, precisamente, donde se elabora la información, donde se aprende, donde se memoriza y donde el cerebro se ensancha, madura y se enriquece de sabiduría.
Del dictado y la redacción manuscrita al “copia y pega”
En estos tiempos a los que me refiero, que hoy parecen la Edad de Piedra, los dictados no sólo nos enseñaban a cuidar la ortografía.
Cuando nos cantaban el dictado, teníamos que escuchar con atención, retener una secuencia verbal, transformarla en signos escritos, respetar los espacios, revisar lo anotado y detectar posibles errores.
Y todo esto a una velocidad considerable.
Del mismo modo, cuando redactábamos narraciones a mano, imaginábamos la historia, ordenábamos los acontecimientos y había, además, que encontrar las palabras adecuadas y mantener una estructura coherente.
Con las descripciones pasaba igual. Había que observar, seleccionar detalles y convertir las percepciones en lenguaje.
Al hacer estos deberes de escritura a mano, el niño se enfrentaba entonces a la página en blanco sin disponer de un corrector automático que completara sus frases.
Tenía que decidir cómo comenzar, desarrollar sus ideas, aceptar los tachones y volver a intentarlo, una y otra vez.
En la actualidad, los alumnos pueden escribir más rápido, reorganizar párrafos y borrar sin dejar rastro de esos errores de los que también se aprende.
Ahora se recurre al “copia y pega”, muchas veces sin ni siquiera citar las fuentes, a los resúmenes automáticos o a textos generados por inteligencia artificial que dan por buenos, sin preocuparse de más.
Y la pregunta fundamental es:
¿Quién ha realizado verdaderamente el esfuerzo de pensar?
¿El niño de antes y el de ahora?

Lo que aprendíamos mientras tomábamos apuntes a mano
La escritura manuscrita constituye una actividad compleja en la que intervienen simultáneamente diferentes procesos motores, visuales, sensoriales, lingüísticos, atencionales, memorísticos y ejecutivos.
Un estudio publicado en Frontiers in Psychology, en 2024, basado en registros de electroencefalografía de alta densidad, encontró patrones de conectividad cerebral más amplios durante la escritura a mano que durante la mecanografía.
Sus autoras relacionan esta diferencia con los movimientos finos y controlados necesarios para formar las letras.
Esto quiere decir que escribir a mano nos vuelva automáticamente más inteligentes ni que el teclado sea perjudicial.
No podemos ser tan radicales en las afirmaciones.
Simplemente, significa que ambas actividades producen experiencias cognitivas diferentes y que la escritura a mano activa más zonas y conexiones neuronales que la escritura al teclado.
¿Qué sucede en nuestro cerebro mientras tomamos apuntes?
Tomar apuntes manualmente exige seleccionar información.
Como la mano no puede reproducir todo lo que el profesor dice, el estudiante debe escuchar, comprender y decidir qué merece la pena anotar.
En este discernimiento, millones de neuronas establecen conexión y se activan distintas áreas cerebrales.
El cerebro brilla, crece, se enriquece.
En ese proceso, comienza ya el aprendizaje.
Cuando se utiliza un teclado, es posible copiar muchas más palabras.
Pero una mayor cantidad de información no garantiza una mejor comprensión, ya que el alumno puede transcribir de manera casi automática sin detenerse a procesar el significado.
La lentitud de la escritura manual, considerada con frecuencia una desventaja, puede ser uno de sus mayores beneficios educativos.
Al escribir más despacio, disponemos de tiempo para pensar, relacionar y organizar.
Un buen apunte manuscrito no reproduce literalmente una explicación.
La transforma mediante abreviaturas, flechas, esquemas, palabras clave, subrayados o pequeños dibujos.
El alumno convierte así la información recibida en una representación propia.
Por otra parte, el cerebro responde de forma diferente al dibujo de la escritura manuscrita y al clic monótono y continuado del teclado.
La escritura manuscrita adopta formas diferentes para cada letra y establece conexiones entre los distintos grafemas, dentro de la palabra.
Los grafólogos llamamos a esto “escritura ligada o agrupada”.
El cerebro asocia a cada letra diferente una idea distinta, y establece conexiones lógicas entre ellas.
¿Qué hace el cerebro con el teclado?
Cada clic no es distinto del anterior.
Es un clic más, igual que los otros.
El cerebro asocia el tecleo -clic clic clic- con ideas idénticas que, además, no están conectadas entre sí.
¿Cuál de estas prácticas hace que el cerebro sea más eficiente?
La respuesta está clara ¿no?
La vuelta a la escritura a mano en las escuelas
La preocupación por los perjuicios de la digitalización, en el aprendizaje de los jóvenes no es meramente teórica.
Los países que apostaron, en su día, con mayor intensidad por la digitalización de las aulas están comenzando a revisar sus decisiones y a recuperar los libros impresos, los dictados y la escritura manuscrita.
El caso más representativo es Suecia.
Después de años de intensa digitalización educativa, el país inició, en 2023 una vuelta progresiva a métodos de aprendizaje más tradicionales.
El Gobierno sueco ha destinado fondos a la adquisición de libros de texto y de lectura y a una mayor presencia del papel y la escritura a mano, especialmente en las primeras etapas educativas.
Francia también está reforzando la práctica cotidiana de la escritura.
Sus orientaciones educativas para el curso 2026-2027 proponen recuperar la redacción manuscrita, justificando que su práctica favorece la memorización, la estructuración del pensamiento y el dominio de la ortografía y la sintaxis.
En Inglaterra, el nuevo marco para la enseñanza de la escritura en Educación Primaria, presentado en 2025, vuelve a conceder importancia a la caligrafía, el dictado y la producción de textos escritos en las diferentes asignaturas.
Noruega y Dinamarca están siguiendo una orientación semejante, aunque sus medidas se centran, principalmente, en reducir el uso excesivo de dispositivos y recuperar los libros impresos.
En Estados Unidos, por su parte, numerosos estados están recuperando específicamente la enseñanza de la letra cursiva.
¿Qué pasará si dejamos de escribir a mano?
Perderemos la capacidad de atención sostenida
Uno de los resultados más tajantes del último informe PISA destaca una disminución galopante de la atención, en los jóvenes de hoy.
La información disponible en los dispositivos móviles y en los ordenadores está repleta de estímulos distractores a los que el dedo y la vista escapan con demasiada frecuencia.
Una hoja de papel, en cambio, no contiene notificaciones, enlaces, mensajes ni ventanas emergentes.
El cuaderno concentra la atención en una sola tarea y reduce la tentación de cambiar constantemente de estímulo.
Si dejamos de realizar actividades como escribir a mano, que requieren concentración prolongada, llegaremos definitivamente a acostumbrarnos a una atención cada vez más breve, fugaz y fragmentada.
En definitiva, tendremos una breve idea de todo, pero no podremos especializarnos en nada.
Disminuirá la comprensión y elaboración personal de los contenidos aprendidos
Cuando el estudiante redacta a mano, se ve obligado a ordenar el pensamiento antes de expresarlo.
Y, cuando lo expresa, lo hace suyo, con su estilo propio, dejando huella de su propia forma de entender el mundo, con su propio lenguaje, sin necesidad de copiar un texto con lenguaje de otro.
La escritura se convierte así en una herramienta para aprender, durante el propio proceso de aprendizaje, dejando una huella de conocimiento más consistente y duradera.
Se reducirá la memoria a corto y largo plazo
Una de las grandes ventajas de escribir a mano es que creamos una huella motriz, visual y espacial.
Podemos recordar en qué parte de la página anotamos una idea, qué palabra subrayamos o dónde dibujamos una flecha o una figurita que nos sirve de regla mnemotécnica.
El contenido queda asociado a una experiencia física que puede facilitar su recuperación posterior.
Además, cuando escribimos algo a mano, el cerebro asocia que, eso que ha merecido ese esfuerzo y dedicación manual, es importante, y lo premia fijándolo mejor en la memoria a largo plazo.
Disminuirá la capacidad de esfuerzo y la tolerancia a la frustración
Los jóvenes de hoy se esfuerzan menos y tienen menor tolerancia a la frustración.
Recordemos nuestros cuadernos escolares.
Estaban llenos de tachones, añadidos, palabras borradas con goma y frases comenzadas de nuevo.
Esas imperfecciones mostraban todo el bagaje intelectual que conlleva el proceso de aprendizaje.
Por el contrario, las herramientas digitales hacen que todo parezca limpio, perfecto e inmediato.
Sin embargo, aprender sigue requiriendo equivocarse, revisar, perseverar y tolerar que la respuesta no aparezca al primer intento.
La espera, la constancia, lo que conseguimos con esfuerzo y esos errores que nos grabamos a fuego para no volver a tropezar en ellos, son el mejor aprendizaje.
Perderemos la expresión personal que sólo proporciona la escritura manuscrita
La escritura manuscrita es también un gesto individual.
Desde que automatizamos la caligrafía escolar, nuestra escritura se convierte en un sello personal e inigualable de nuestra personalidad.
En ella demostramos nuestro ritmo vital, nuestro manejo del espacio personal, la capacidad para ordenar ideas, nuestro estilo de razonamiento y muchos otros rasgos identificativos de nuestra forma de ser, actuar y pensar.
Desde la perspectiva grafológica, la escritura a mano puede estudiarse como una conducta expresiva compleja.
Es una producción personal y única que evoluciona con la edad, la práctica y las circunstancias del escribiente, a diferencia de la tipografía invariable de la escritura digital.
Si todos nuestros textos se presentan mediante las mismas fuentes digitales, conservaremos el contenido, pero perderemos la singularidad del gesto, la impronta personal que nos identifica y nos hace únicos.
Caligrafía, pantallas e inteligencia artificial: una educación equilibrada
¿Qué concluimos de todo esto?
Tampoco vamos a ponernos drásticos y a regresar a las aulas sin tecnología.
Pero sí es cierto que necesitamos, de forma apremiante, aulas en las que la tecnología tenga un propósito y no se convierta en el único camino posible.
Una combinación amable y coordinada de tecnologías y trabajo manual sería lo ideal:
- El cuaderno para tomar apuntes, resumir, planificar y elaborar ideas a mano.
- Los dictados para trabajar la escucha, la memoria verbal y la ortografía.
- Las narraciones y descripciones manuscritas para desarrollar la imaginación y la expresión.
- Los libros impresos y las bibliotecas para aprender a investigar con profundidad.
- Los ordenadores para redactar textos extensos, corregir, colaborar y acceder a la infinita información actualizada.
- La inteligencia artificial para contrastar alternativas, recibir orientación y ampliar perspectivas, pero sin confiarnos y sin delegar completamente el pensamiento.
- Otras actividades sin pantallas para entrenar la concentración sostenida.
La clave está en combinar herramientas, no en permitir que una sola de ellas desplace a todas las demás.
Entonces, ¿qué pasará cuando dejemos de escribir a mano?
Probablemente seguiremos comunicándonos.
Escribiremos mediante teclados, dictado de voz e inteligencia artificial.
Tendremos más información disponible y podremos producir textos con una rapidez inimaginable hace solo unas décadas.
Pero podríamos perder algo menos visible:
la experiencia de construir una idea lentamente, de buscar una palabra sin que el sistema nos la sugiera, de equivocarnos y tachar, de resumir con nuestra propia mano y de transformar la información en sabiduría imperecedera.
Conservar la escritura a mano no significa rechazar el progreso. ¡Ni mucho menos!
Significa proteger una actividad que une pensamiento, lenguaje, memoria, atención, movimiento y huella personal.
Significa proteger una actividad cognitiva que mantiene activo, eficiente y vivo a nuestro cerebro.
No se trata ahora de elegir entre el cuaderno y la pantalla, entre la caligrafía y el teclado.
Quizá el verdadero progreso consista en enseñar a nuestros niños a utilizar ambos formatos, sin que la rapidez de uno les haga perder la profundidad del otro.
Sin que fundamos nuestras neuronas, desde que somos niños, poniendo así en riesgo el desarrollo y la salud de nuestro cerebro.
Sandra Cerro – Grafóloga y Perito calígrafo
Centro de Grafología Sandra Cerro es colaborador de la Universidad a Distancia de Madrid, UDIMA, para la impartición del
Desde 2016, estamos formando a grafólogos especialistas que desean trabajar en empresas, realizando procesos de reclutamiento y selección, así como otros estudios grafológicos de empresa.
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