El padre de la Grafología.

«Una ciencia no perceptible no sería ciencia, y nuestros discípulos, un día, la harán avanzar después de nosotros, en desarrollos que el mismo inventor no lo hubiera sospechado al poner las primeras bases».

(H. Michon)

Jean-Hippolyte Michon nació en 1806, en Corrèze. Su temprano amor por los estudios le llevó, animado por sus profesores a iniciar su carrera y se trasladó a Angulema, donde se diplomó en Humanidades.

Llamado al sacerdocio, gracias a uno de sus profesores entró en el Seminario de San Sulpicio. Allí destacó por su interés por la Teología, la Botánica, la Historia , la Arqueología… Era un científico nato.El hecho de que gozara de exponer sus conocimientos y descubrimientos científicos en multitud de conferencias no agradó a quienes pretendían aún mantener al pueblo en el oscurantismo, y fue entonces cuando comenzaron las continuas persecuciones contra su persona, se le cerraron las puertas de la alta sociedad de la época y se le relegó a un ministerio de segundo orden. Pero su lucha continuó insaciable.

En 1848 abandonó el ministerio sacerdotal propiamente dicho para convertirse en sacerdote libre. Su vocación para la enseñanza le llevó a convertirse en director del Seminario de Thibaudières. Allí entabló amistad con un sacerdote tan erudito como original, el abad Flandrin, que le inició en el conocimiento de la escritura y de las posibilidades de ver a través de ella el espíritu del que escribe.El interés de Michon por este método fue creciendo a lo largo de su etapa más productiva, en la que escribió libros, dio multitud de conferencia y fue nombrado canónigo de la catedral de Sant André de Bordeaux y canónigo de honor de la catedral de Angulema.

La pérdida de su cargo en el colegio, debida a causas políticas y a sus persecuciones por el Vaticano, relegó a Michon a la pobreza y se convirtió en un proscrito. Refugiado en Baignes (Carente), donde sólo encontró como alojamiento una cabaña con el suelo de tierra batida, recordaba sus conversaciones con «Una ciencia no perceptible no sería ciencia, y nuestros discípulos, un día, la harán avanzar después de nosotros, en desarrollos que el mismo inventor no lo hubiera sospechado al poner las primeras bases». (H. Michon)

Flandrin y su preocupación y búsqueda del razonamiento del método grafológico comenzó de nuevo. Empezó a recolectar todos los textos que pudo encontrar, buscando en ellos una forma en las letras que pueda desvelar la franqueza o la mentira, la generosidad o la avaricia, el amor por el trabajo o la pereza. Mientras, la miseria de su vida iba en aumento. Un día, una vieja tía suya reunió algunos napoleones y se los envió para ayudarle a pasar el invierno. Al día siguiente, Michon fue a la ciudad e invirtió sus napoleones en la imprenta. Regresó a Baignes-Sainte Radegonde con una pila del primer número de una revista con un extraño título: “Le journal de L ́Autographe” (La revista del autógrafo).

En este modesto panfleto, el abad exponía su descubrimiento. Envió el primer número a sus antiguos conocidos. Este primer envío suscitó un gran interés, y las suscripciones comenzaron a llover enseguida. Se publicó un segundo, e incluso un tercer número de la revista. Y, un buen día , un nuevo libro apareció en las librerías: “Los Misterios de la Escritura”. La obra, con prólogo del famoso quiromántico Desbarrolles, tuvo un éxito inesperado y Michon fue citado a conferencias, cursos, presentaciones de la obra en sociedad. Se volvieron a abrir las puertas… Su obra se tradujo al inglés, al alemán, al italiano, al español y al ruso.

Convertido en una personalidad conocida mundialmente y preocupado por divulgar sus conocimientos publica, además de “Le Journal de l ́Autographe”, una revista arqueológica titulada “Les Statistiques Monumentales” .En 1871, creó la Société de Graphologie de París; en 1872 fundó la revista-periódico “La Graphologie”. También presidió, en 1979, el primer Congreso de Grafología en donde eligió a su sucesor.

Contrató a un artista llamado Collardeau para que le construyese una morada insólita que fuese a la vez símbolo de tradición y de libertad, una curiosidad para el turista y un mensaje de permanencia y de fe. Pero Michon no tuvo tiempo de ver terminada la ciudadela espiritual del galicanismo que había proyectado. Las privaciones sufridas tras su condena por el Vaticano habían minado su salud. Hoy nos queda de él, además de su insólito Castillo de Montausier, su tumba, donde se puede leer : “ Abad J.H. Michon, Escritor, Arqueólogo, Grafólogo-1806-1881”. Además, una calle de Baignes lleva su nombre.